Un constante retornar a Granada, por Andrés García Maldonado

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No se marchitan jamás los recuerdos de los sueños e ilusiones vividos emocionalmente. Aún después de más de cuarenta años, viven en mí y ya para siempre, aquellas mañanas de domingo -los sábados por la mañana aún había clase- de mis primeros años de juventud, en las que, con entrañables e inolvidables amigos, recorríamos la Granada histórica y, sobre todo, el Albaicín o subíamos a la Alhambra.
Entonces, con nuestros pocos años y tantas ilusiones, cada uno soñaba lo suyo y todos hablábamos de Granada, de Literatura y, por supuesto, de nuestros apegos. En mi caso también de Alhama y sus encantos. Uniéndonos cada vez más a todos cuanto tenía que ver con esa Granada 'la Bella', y sus valores culturales y artísticos.

Así, entre paseos y charlas semanales por toda Granada, sólo interrumpidas por las vacaciones académicas, se fue cincelando en lo mejor de nuestro espíritu esa Granada casi eterna que, durante siglos, ha venido superando toda clase de avatares y que nos une a los granadinos estemos donde estemos, en cualquier parte del mundo, no importa si a cien o a diez mil kilómetros de ella.

Un día, tras tener que separarme de ella por imperativo profesional, en este caso y por suerte, hacia Málaga -¡qué gran hermana de Granada!-, a pesar de que en aquellos años el denominado 'deporte rey' propiciaba un curioso y hasta anecdótico «enfrentamiento entre los jóvenes de una y otra ciudad», que jamás tuvo consistencia. Málaga, gracias a mi inolvidable José Luis de Mena, me daba la posibilidad de ejercer mi vocación por el periodismo de lleno.

Siendo mi idea volver pronto, pues mi meta profesional, era pertenecer a la redacción de mi siempre querido IDEAL, donde inicié mis primeras colaboraciones periodísticas y, a pesar de mis pocos años para ello, ya me concedía el honor de publicarme artículos de hasta media página. Málaga, como dice uno de los títulos de su escudo heráldico, ciudad hospitalaria, me acogió como ella sabe hacerlo. Dándome todo su afecto y, es lo cierto, haciéndome también suyo. Así, mi deseada vuelta a Granada quedó pospuesta, pero Granada, nuestra Granada, jamás ha dejado de estar en mis sentimientos y en mi vida permanentemente.



Enfrascado en la consecución de la Universidad de Málaga, tomé decidido partido, hace cuarenta y tres años, por hacer justicia a esta provincia, la que siempre se sintió orgullosa de pertenecer al Distrito Universitario de Granada, pero que no podía permanecer siendo la única ciudad de Europa con bastantes más de trescientos mil habitantes que no tenía Universidad y que, por ello, sus clases sociales con menos posibilidades tuviesen muy limitado el acceso a los estudios superiores. IDEAL, para sorpresa de algunos 'localistas sin miras', me publicó un artículo a toda página, en el que exponía 'Veinticinco razones para hacer justicia' en defensa de la creación de la Universidad de Málaga, que recibieron un apoyo y respuesta que jamás olvidaré y que, lo mismo que Málaga siempre me lo agradeció, yo se lo agradecí a este periódico y a tantos y tantos granadinos que me dieron la razón pública y abiertamente.

Volví a sentirme orgullosamente granadino, en este caso, reviviendo más que nunca, como ahora, los años que viví en la capital y que, junto con los míos, siempre han permanecido en lo mejor de mi corazón.

Granada, para los que en ella hemos vivido y llegado a sentirla, sobre todo en nuestra juventud, no deja de ser el escenario vivencial de unos sueños que, por supuesto, no todos, ni mucho menos, se han cumplido, pero que algunos cuajaron y fueron útiles, con el altruismo y la generosidad que era usual en el tiempo en el que el 'valor' de las cosas, y de la misma calidad humana, no estaba tan condicionado por el materialismo puro y duro.

Este sentimiento, quedó confirmado en mí plenamente cuando, primero, siendo jefe de prensa de los Amigos de la Universidad y, después, presidente del Liceo de Málaga, comencé a tener la fortuna de tratar con cierta asiduidad a don Antonio Gallego Morell, que llegó a Málaga para poner en marcha su recién creada Universidad, siendo para la misma y para todos los malagueños su primer rector magnífico, por tratamiento y, sobre todo, por su categoría humana e intelectual. Don Antonio, granadino donde los haya habido, con proyección como tal internacional, en más de una conversación me introdujo más y más en sentir a Granada desde la distancia, ¡Cómo escuchándolo me venía siempre la figura y significado de Ángel Ganivet! Pronto, cuando me distinguió con su consideración, no me atrevo a decir su amistad por que puede ser que me arrogue un alto honor que no me corresponde, me vino a decir: «Tú eres ya también malagueño, pues esta tierra acogedora y singular nos gana a toda persona que la vive y, más aún, cuando trabaja por ella. Pero jamás, nunca, dejarás de ser y sentirte igualmente de Granada. Granada, cuando se ha sentido en su esencia, es algo para siempre».

Y así lo he vivido permanentemente. Haciéndome volar, como rescoldo que con un soplo de aire prende un gran fuego, cada vez que mi querido IDEAL me publica el artículo que le envío, procurando siempre no abusar de ello. Como sucedió igualmente cuando, un día, a propuesta de mi entrañable y más que amigo Antonio Mora de Saavedra y de la Asociación y Fundación de la Prensa que preside, vino a vincularme como consejero de la misma, o cuando me sorprende otorgándome, ni más ni menos, que la distinción que lleva el nombre de 'Seco de Lucena', compartiéndolo así con tan ilustres periodistas granadinos y andaluces. Todo esto es un constante retornar, en una dimensión difícil de explicar, a nuestra Granada.

Y lo he vuelto a vivir, de una forma, es lo cierto, excepcional, jamás esperé este honor, cuando me llama mi querido hermano Juan Manuel, Juan Manuel Brazam, y me adelanta que el director de la Academia de Bellas Artes de Granada, don José García Román, quiere hablar conmigo, y resulta que no es, ni más que menos, que para decirme que desea proponerme como académico correspondiente de la Real de Bellas Artes de Granada.

La vida, mucho más por afectos y cariños de tantos y tan buenos amigos, me ha dado muchas satisfacciones, creo que demasiadas, me ha distinguido y honrado en demasía. Lo digo con sinceridad, no he estado nunca exento de vanidad, pero no quiero que ésta me domine y me nuble la grandeza de la humildad y sencillez. Así, lo de la Academia, he de decir que me ha llegado, como se suele decir, a lo más hondo del alma.

Sé del prestigio de esta institución, de su historia más que bicentenaria, de la categoría intelectual y humana de sus miembros, especialmente de varios de los que vengo siguiendo desde hace años por su entrega y labor artística, cultural e intelectual que desarrollan por Granada, por varias provincia andaluzas y por la Cultura en general. Por eso, esta designación de académico correspondiente, no sólo es un alto honor para mí, sino una forma de retornar nuevamente, ¡y de qué manera! -a propuesta de los insignes académicos don José García Román, don Miguel Jiménez Yanguas y don Jesús María García Calderón-, a mi Granada de siempre, a la que alguien dijo que era una ciudad inmortal, al menos, en nuestros corazones.


Andrés García Maldonado. ACADÉMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE BELLAS ARTES

Publicado en la edición impresa de IDEAL GRANADA del domingo, 19/06/2011

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