Cortos días, larga espera

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     Coincidí con él esta mañana en el autobús hacia Granada, la Alsina. Se dirigía a Elche, donde reside actualmente, tras haber pasado algunos días aquí en el pueblo. Con Antonio, algo mayor que yo, siempre he tenido una buena relación, pues, allá en Los Llanos, nuestros padres tenían hazas colindantes y en algunas ocasiones echamos buenos ratos de charla sentados en la linde.

     Un día me comentó que se iba. En el campo las perspectivas eran poco esperanzadoras; y en Santa Cruz ¿qué iba a hacer? Y se fue. Se fue a Barcelona como tantos y tantos jóvenes y no tan jóvenes de Santa Cruz, de Alhama, o de cualquier punto de nuestra geografía. La construcción, la portería de un bloque de pisos, la industria textil o la misma agricultura y ganadería catalanas, acogieron ese excedente de mano de obra andaluza que la mecanización del campo provocó.

     El País Vasco fue el destino de otros muchos paisanos nuestros. Padres de familia que probaban y después se llevaban a la esposa y a los hijos. Jóvenes ilusionados que encontraron allá lejos la tierra prometida para ellos y su familia. Y el trasiego de personas, el ir y venir, visitas familiares, ¡vacaciones!...

     Una gran empresa de transporte de viajeros nació para cubrir tan numerosos desplazamientos: autocares Maldonado, los Albertos. Hasta no hace tanto tiempo, sus autobuses recorrían cada semana el trayecto entre Granada y Cataluña o el País Vasco, trayéndonos a familiares y amigos que no querían perder el contacto con su tierra ni olvidar el sabor de nuestras ricas matanzas: eran los rebañaorzas. Y con los Maldonados viajamos también los que aquí habíamos quedado, para comprobar que nuestros familiares habían encontrado en aquellas lejanas tierras su particular paraíso.

     Muchos paisanos y familiares he tenido ocasión de visitar en tierras alicantinas, trabajadores de la industria del juguete o el calzado en Onil o Elche. Y los hay por tierras valencianas, murcianas, o en el mismo Madrid. Y los que traspasaron fronteras: los belgas, los alemanes…

     ¿Qué hubiera sido de nosotros sin la emigración? ¡Cuánta hambre quitó! Pero cuán alto precio hubo que pagar por ello. Abuelos convertidos en padres, hijos que rechazaban a una madre desconocida, el desarraigo, la dispersión familiar… Me apena pensar a cuántos de mis familiares, no tan lejanos, ni siquiera conozco. De tantos y tantos solaneros de Santa Cruz (dieciocho hijos tuvo mi abuela Luisa), sólo quedamos en el pueblo mi prima M. Tere, mi hermano y yo. Y de mi numerosa familia materna, los rubios de Agrón , sólo Angelina fijó allí su residencia habitual para disfrutar de una tranquila jubilación.

     Hubo quien fracasó en su intento por incapacidad de adaptación. Hubo quien quiso tener un amor en cada puerto y destrozó su vida familiar. Tuve un gran amigo, que en sus cartas me contaba sus logros e ilusiones, y al que un fracaso amoroso, tal vez propiciado por la distancia, lo llevó a poner trágico final a su vida.

     Tampoco faltaron los lances de humor. Cuentan de una buena señora, vecina de uno de nuestros pequeños pueblos, que, temiendo románticas despedidas del yerno, que cada año volvía de Alemania, no dudaba en montar guardia durante la noche, sentada en el tranco y golpeando de vez en cuando la puerta de su hija, para evitar consecuencias irreparables: “Niña, mucho cuidaíco, ya sabes, el niño en medio; que luego él se va, pero tú te quedas con el bombo.” O nuestro paisano Luis, cuando en el reconocimiento médico le pusieron la pega de tener muelas con caries: “pero bueno, ¿yo allí tengo que trabajar en la mina o partir nueces con la boca?”

     Coches donde había carros, bares abarrotados en los que hace unos días apenas entraba nadie, casas que acostumbrábamos a ver vacías y ahora estaban llenas de gente… los veranos de nuestros pueblos cambiaron con la emigración y las hasta entonces desconocidas vacaciones. Y en este nuevo ambiente veraniego de regresos y reencuentros, por alguna tazón especial, siempre hubo algo que despertó mis más hondos sentimientos. Algo que en un ya lejano verano me impulsó a escribir el siguiente poema:

    CORTOS DÍAS, LARGA ESPERA

    Era casi un chiquillo
    cuando dejó esta tierra.
    Mil ideas confusas
    bullían en su cabeza.
    Le ahogaba este pueblo,
    su ambiente de pobreza.

    Destino Cataluña
    marchó con su maleta,
    con su poco dinero,
    con sus muchas ideas.
    Encontró un buen trabajo
    en una gran empresa.

    Conoció a aquella chica
    que hoy es su compañera.
    No le fue mal la vida,
    no puede tener queja.

    Y, como cada año,
    siempre por estas fechas,
    vuelve otra vez al pueblo
    del que un día saliera.

    Y, como cada año,
    su madre, que le espera,
    cuenta los días que faltan
    para que su hijo vuelva.

    La foto de la boda
    en el comedor cuelga;
    sobre el televisor,
    las del nieto y la nieta.

    Si habla con las vecinas,
    siempre sacará el tema:
    este es mi nieto, Paco;
    ya estudia una carrera.

    Y mi nieta, mi Silvia,
    ¿no es preciosa mi nieta?
    No cabe en sí de gozo,
    la fecha ya se acerca.

    Pero, ¡cuántos suspiros
    desde que él se fuera!
    ¡Cuánto llanto en silencio,
    cuántas noches en vela!

    Sólo estos días de agosto
    aparcan su tristeza,
    preparándolo todo
    para cuando ellos vengan.

    Pero, son tan poquitos
    después de tanta espera…
    Y hay que compartirlos
    con la familia de ella.

    Pero, en fin, ya han venido
    y eso es lo que cuenta.
    El guiso que a él le gusta,
    el vino de la tierra,
    aquel postre especial
    que hacía los días de fiesta…

    No parará un momento,
    nunca la verás quieta,
    parece hasta más joven;
    y es que está tan contenta…

    Pasan las vacaciones
    casi sin darse cuenta.
    Besos de despedida,
    lágrimas de tristeza,
    los consejos de siempre,
    y esperar a que vuelvan.
    ¡Qué cortos estos días!
    Después… ¡qué larga espera!

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