Santa Teresa de Jesús y el Greco: Caminos hacia lo inefable

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    Santa Teresa, nació en Ávila en 1515 en el seno de una noble familia. Dotada de gran fantasía, manifestó desde su más temprana edad gran predisposición hacia la aventura.

    María Jesús Pérez Ortiz

    Filóloga, catedrática y escritora

     De adolescente lee con avidez las novelas de caballerías. Tras largas vacilaciones ingresa, a los veintiún años en la orden del Carmelo, donde recibe las primeras gracias místicas de la oración. Pronto caerá enferma y así vivirá hasta su muerte. Mas pese a su débil salud, su carácter fuerte le permitió fundar 18 conventos y llevar a cabo la reforma del Carmelo, como clara muestra del resultado de su elección entre las dos posibilidades que le brindaba la vida religiosa, la acción y la contemplación pura. Teresa se compromete a la acción y, asumiendo su condición, camina hacia la liberación espiritual de la mujer como podemos apreciar en un texto de “Camino de perfección”. No obstante, tras numerosas vacilaciones sufridas durante años, se adentra en la vida de la contemplación pasiva guiada por San Pedro Alcántara y San Juan de la Cruz. Al mismo tiempo, escribe sus obras bajo la espada de Damocles de la Inquisición.

     Aunque no poseía conocimientos teológicos, logró una formación a través de las lecturas de San Gregorio el Grande y San Agustín adentrándose en el conocimiento de las teorías místicas de San Buenaventura, que pretenden ver la presencia de Dios en el alma. Mas la santa conoció la visión directa de la esencia divina, de esa “presencia afectiva” en el alma, a través de su compañero de fatigas, San Juan de la Cruz con quien constituyó la más fiel representación de una mística vivencial, algo que faltaba en San Buenaventura, tras el que no aparece la forma en que se experimentan las gracias místicas. Según Hatzfeld, en Santa Teresa y en San Juan de la Cruz, además, se nos ofrece la comprensión intelectual del fenómeno vivido, vertido en una lengua vernácula.

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     En “El Libro de su Vida”, así nos describe la santa su primera visión del Salvador: “Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los ojos del cuerpo”. Asimismo, nos explica su primer encuentro unitivo con Cristo en 1562 diciendo que ve su alma como un claro espejo, en cuyo centro aparece Cristo “como le suele ver”, pero con la diferencia de que “este espejo se esculpía todo en el mismo Señor”. Está movida por el amor, por un amor sublime e infinito a Cristo, con desasimiento de lo terreno, hasta convertirlo en puro y desinteresado amor a Dios, en el sentido del soneto “No me mueve, mi Dios, para quererte”, una de las joyas de la poesía mística en lengua castellana y donde podemos sentir ese amor desinteresado, que anticipa la mística franciscana: “No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido,/ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte.// Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/clavado en una cruz y escarnecido, /muéveme ver tu cuerpo tan herido, /muévenme tus afrentas y tu muerte. // Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, /que aunque no hubiera cielo, yo te amara, /y aunque no hubiera infierno, te temiera. //No me tienes que dar porque te quiera, /pues aunque lo que espero no esperara, /lo mismo que te quiero te quisiera.” Un amor que nace limpio y hondo de la dolorosa contemplación del martirio con que Cristo rescata a la humanidad.

     Asimismo, sería interesante referir en este artículo las similitudes de El Greco con los místicos españoles y en especial con la Santa a la que hoy, recordamos. Ambos tenían una especial propensión a interpretar lo espiritual mediante colores y formas visibles. Hugo Kherer destaca el rojo “místico” de Santa Teresa en la paleta de El Greco y también el blanco armonizando con los rojos. Es muy posible que el pintor conociera a la santa y leyera sus textos, especialmente “El libro de su Vida”, pues ambos vivieron en Toledo en la misma época. Además, compartían amistad con el teólogo Diego de Covarrubias, por lo que resultaría probable que El Greco y la Santa fundadora, de temperamentos similares, iniciaran juntos, aunque por derroteros distintos, el camino de ascensión hacia lo inefable que concede a las formas naturales cualidades ultraterrenas. Ambos revelan un carácter alucinatorio tal vez relacionado con la común influencia de la meditación imaginativa de San Ignacio de Loyola. Es cierto que Santa Teresa estuvo bajo la influencia de los jesuitas: “Habían venido aquí los de la Compañía de Jesús, a quien yo era muy aficionada de sólo saber el modo que llevaban…de oración”. “En cosas del cielo…era mi entendimiento tan grosero que jamás las pude imaginar, hasta que por otro modo el Señor me las representó”. “Representar por otro modo”, es decir, místicamente, semeja el verdadero principio de El Greco.

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     La predilección por la figura de un bello Cristo crucificado y glorificado después de su Resurrección, así como por otros temas nos lleva a percibir ciertos paralelismos entre los escritos de la Santa y determinados secretos místicos del pintor. Una obra cumbre y harto conocida de El Greco, “El Caballero de la mano en el pecho” (1580), muestra a un hombre de mediana edad, ropa elegante, barba y mirada melancólica… Santa Teresa retrata, asimismo, con su pluma a un caballero de su tiempo, cuya descripción bien podía haber sido utilizada como boceto para el retrato del pintor: “Un caballero santo…de vida tan ejemplar y virtuosa y de tanta oración y caridad que en todo él resplandece su bondad y perfección…” Además Santa Teresa comparte con el Greco el entusiasmo por la belleza de las manos, bellas manos espiritualizadas posee “El Caballero de la mano en el pecho”. La Santa ve en sus visiones las manos de Nuestro Señor, y su belleza le arrebata: “Quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura, que no lo podría yo encarecer”. Texto que evidencia la expresividad psicológica de un retrato espiritualizado y, muy especialmente, de unas manos espiritualizadas.

     Y no puedo dejar de aludir, queridos lectores, a la obra maestra de El Greco, “El Expolio”, ese impresionante cuadro de la catedral de Toledo, donde lo divino eclipsa a lo humano en aquella para Cristo la más humillante escena. Inmensa belleza y grandeza combinadas con humildad; sufrimiento de Nuestro Señor cuyo rostro irradia”una serenidad tan sublime… y una resignación en su mirada tan llena de infinita esperanza…”; digno padecimiento escogido por amor; tristeza divina entre una turba que le humilla y blasfema. Magnífico ejemplo de dignidad humana a la luz de lo divino. Ojos de Cristo mirando hacia el cielo, mientras con su mano toca su pecho, como expresión de plegaria y de dolor, en palabras de Al. Busuioceanu. Todo un ejemplo de mística y de verdadera verdad. El Cristo de las visiones de Santa Teresa es muy similar al del impresionante cuadro del Greco. En primer lugar su incomparable belleza: “De ver a Cristo me quedó impresa su grandísima hermosura…” En segundo lugar, nos sobrecoge La Majestad y la humildad en bellísima conjunción. En tercer lugar, Santa Teresa aprende cómo es el misterio de un alma sublime, encarnada en un cuerpo que padece y sufre hasta la extenuación por amor. Y todo esto podemos contemplar en esa grandiosa pintura. Asimismo, la Santa carmelita, en una de sus visiones, se ve a sí misma como a Cristo, rodeada por una turbamulta que la amenaza y, como Cristo, eleva sus ojos al Cielo: “Vime estando en oración en un gran campo a solas, en derredor de mí mucha gente de diferentes maneras que me tenían rodeada…Alcé los ojos al Cielo y vi a Cristo…que tendía la mano hacia mí…” Dignidad de Cristo inocente y sufridor. Toda una lección de amor. AMOR, con mayúscula, sublimado con la paleta del pintor y la palabra poética de la santa.

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